El legado que cada epidemia nos dejó

El legado que cada epidemia nos dejó

La pandemia del covid-19 no es la primera del siglo XXI y, seguramente, no será la última. De hecho, se trata de la segunda. En 2009, la pandemia de influenza H1N1, o gripe porcina, dejó a su paso 284.000 muertes, según un recuento reciente de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos.

La respuesta a aquella crisis sanitaria, por muchos ya olvidada, fue bastante distinta a la actual. Los brotes de SARS en 2003, de gripe aviar entre 2004 y 2006 y de ébola en 2007 y 2008 habían sido una llamada de atención sobre la vulnerabilidad de las sociedades modernas. Así que cuando la nueva cepa de la llamada gripe porcina empezó a esparcirse por el planeta en enero de 2009, varias naciones se encontraban bien preparadas.

Según señalaba Sylvie Briand, directora del departamento de Enfermedades Epidémicas y Pandémicas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), “la mayor parte de los países europeos ya habían almacenado mascarillas. Y tenían listos planes de emergencia para recibir pacientes en hospitales”.

La manera en que los gobiernos manejaron la crisis sanitaria de 2009, sin embargo, tuvo efectos negativos al largo plazo. “Tras aquella pandemia, hubo una especie de fatiga en la preparación para pandemias», destacaba Briand. “Al no colapsar sus economías, muchos países pensaron que las pandemias en el siglo XXI no eran tan terribles como las del pasado y después de 2010 no actualizaron sus planes ni reabastecieron su reserva de mascarillas”.

El Gobierno de Estados Unidos, por ejemplo, desfinanció el proyecto «Predict», un programa de alerta temprana en el que docenas de científicos y analistas trabajaban para identificar posibles pandemias en países de todo el mundo, incluida China, en septiembre de 2019.

Entonces, en febrero de 2020 golpeó el coronavirus y tomó al mundo por sorpresa.

Para bien o para mal, las pandemias dejan cicatrices, legados duraderos. Lo recuerda el historiador Frank Snowden en su libro «Epidemics and society: From the Black Death to the present»: “Son tan importantes para comprender el desarrollo social como las crisis económicas, las guerras, las revoluciones y los cambios demográficos”.

Si bien difieren en sus orígenes, virulencia y duración, sus efectos se extienden más allá de los momentos en que ocurren. Las enfermedades infecciosas no solo modifican el organismo de los individuos. También alteran a las sociedades de una manera profunda.

“A veces las enfermedades infecciosas aceleran la historia o revelan hacia dónde se dirige una sociedad, mientras que otras cambian fundamentalmente su trayectoria”, advierte el historiador Kyle Harper. Este investigador de la Universidad de Oklahoma señala que las frecuentes epidemias –como la peste Antonina, de 165 a 180– interactuaron con las fluctuaciones climáticas para provocar el declive del Imperio romano.

La historia la escriben no solo hombres y mujeres sino también virus, bacterias, parásitos. “Los microbios son agentes de cambio», asegura el microbiólogo Joshua S. Loomis. “La expansión de la peste en Europa en 1347 produjo una reducción tan profunda y rápida del tamaño de la población que la economía de la mayor parte del continente cambió drásticamente en unos pocos años. Significó el fin del feudalismo”.

Las transformaciones, sin embargo, no han sido solo políticas o económicas. Además de instalar silenciosamente nuevos hábitos y prácticas, los virus y las miles de epidemias que han ocurrido a lo largo de la historia humana han impulsado innovaciones científicas y médicas cuyos orígenes hemos olvidado.

Las primeras formas de salud pública institucionalizada, es decir, las cuarentenas, se implementaron como respuestas a la peste negra. Durante uno de estos brotes, en el siglo XV, los venecianos erigieron lazarettos, o salas de aislamiento, en las islas periféricas, donde obligaron a los barcos que llegaban a atracar.

Con los años, estas medidas se desplegaron de una manera más sistemática por el continente. En 1666, Carlos II de Inglaterra estableció una orden según la cual “si una persona se infecta se trasladará inmediatamente a una «casa de plagas» durante 40 días: se pintará una cruz roja y en mayúsculas la frase: «Señor, ten piedad de nosotros en la puerta».

“Ni los médicos ni los remedios eran efectivos. Ya sea porque estas enfermedades eran desconocidas o porque los médicos no las habían estudiado previamente”, registró el cronista florentino Baldassarre Bonaiut en «Cornada fiorentina di Marchionne di Coppo Stefani» (1348). “No parecía haber cura. Había tanto miedo que nadie parecía saber qué hacer”.

El fracaso de los médicos medievales para detener la propagación de la peste negra provocó cambios drásticos en la profesión: incitó la necesidad de una mejor capacitación y de una regulación más estricta.

La medicina en los años anteriores a la peste negra era más filosófica que práctica”, recuerda Loomis, investigador de la East Stroudsburg University of Pennsylvania. “En lugar de obtener un conocimiento detallado de la anatomía y fisiología humana a través de disecciones o exámenes de datos clínicos, la mayoría de los médicos se basaban en ideas de hacía mil años sobre la enfermedad que no estaban respaldadas por ningún tipo de evidencia experimental”.

Después de la segunda pandemia de peste de 1347, las escuelas de medicina comenzaron a integrar más disecciones en sus planes de estudio. Publicaron libros nuevos y actualizados. La plaga llevó también a que los médicos compartieran lo que aprendían durante el tratamiento de sus pacientes en tratados, predecesores de los actuales «papers».

Los efectos de las pandemias se detectan también en el cuerpo urbano: enfermedades como la fiebre amarilla en el siglo XVIII y el cólera y la viruela en el siglo XIX condujeron a la limpieza de las grandes ciudades, la eliminación regular de basura, trajeron amplios bulevares a París y mejoraron los sistemas de agua en Londres, después de que médicos como el inglés John Snow descubriera en 1855 que el cólera no se transmitía a través del aire como se pensaba sino del agua contaminada.

Desde entonces, los médicos –en concreto, o los higienistas– fueron claves en la reorganización de las ciudades. En Alemania, el patólogo Rudolf Virchow, por ejemplo, fue el encargado de diseñar un nuevo sistema de alcantarillado para Berlín.

Las epidemias cambian la forma en que pensamos acerca de la enfermedad, así como reconfiguran hábitos instalados. Por ejemplo, durante y después del brote de fiebre amarilla en Filadelfia en agosto 1793, las personas cambiaron la forma de saludarse. La gente desconocía que los mosquitos transmiten la enfermedad y por prudencia mantuvieran distancia de conocidos y desconocidos. “La vieja costumbre de dar la mano cayó en desuso tan general, que muchos se ofendían incluso con la oferta de la mano”, señaló por entonces el editor Mathew Carey, autor de «Un breve relato de la fiebre maligna». 

En otros casos, los brotes propiciaron el desarrollo de nuevas herramientas de diagnóstico. Como el estetoscopio, que fue inventado por el médico Rene Laënnec en el Hospital Necker de París en 1816 para auscultar los pulmones y el corazón de personas con tuberculosis, en lugar de colocar la oreja en el pecho del paciente como se habituaba. Irónicamente, Laënnec murió de tuberculosis solo 10 años después de inventar el instrumento que se utilizó para diagnosticar la enfermedad.

Tan recomendada en nuestra época del covid-19, la costumbre de lavarse las manos para evitar la propagación de una enfermedad no tiene más de 130 años.

Federico Kukso

(SINC
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