El mundo científico se une a las protestas contra el racismo

El mundo científico se une a las protestas contra el racismo

“La ciencia tiene un problema de racismo”. Así titulaba la revista «Cell» su editorial la semana pasada, en el que los 13 editores admitían que ninguno de ellos era negro. “Es hora de mirarse en el espejo”, aseguraba el de «Science». «Nature» iba un paso más allá al hablar de «racismo sistémico» y pedir que la ciencia “escuche, aprenda y cambie”. Son algunos ejemplos de cómo el mundo científico se ha unido a las protestas del movimiento «Black Lives Matter» («las vidas negras importan»).

“El apoyo de la gente al ‘Black Lives Matter’, siempre es bienvenido pero también necesitamos que haya acciones tangibles detrás”, advierte la periodista científica y autora del libro sobre racismo científico «Superior», Angela Saini. ¿De qué manera se podría mejorar esta situación, tal y como propone «Nature»? “Es difícil porque implica miles de pequeñas cosas que hay que hacer a nivel individual e institucional”, reflexiona.

Saini enumera alguna de estas cosas, que van desde mejorar el tratamiento del acoso y la discriminación racial en las universidades a establecer procedimientos de contratación más justos y asegurarse de que haya una mejor representación. También garantizar que lo que se publica es de “nivel alto” no sólo desde el punto de vista científico, sino también ético.

“El aislamiento es un problema común para las personas negras en la academia. Normalmente somos el ‘único’ en estos espacios”, declara la bioquímica y doctora en Neurobiología Esther Odekunle. La investigadora, que ha cambiado la universidad por la industria farmacéutica, asegura que todavía tiene en ocasiones esa sensación.

“Como mujer negra que trabaja en un campo STEM me he enfrentando al racismo, sexismo, discriminación, aislamiento y dudas, por nombrar unos pocos [problemas]”, apunta la investigadora de la Universidad de Michigan (EE UU) Korie Grayson, quien asegura que la ciencia “ya es bastante difícil por sí sola sin los sufrimientos que vienen por tu raza y género”. Por eso, se confiesa aún “impresionada” consigo misma de haber llegado tan lejos a pesar de todo.

“Los planes para aumentar la representación y la diversidad están muy bien, pero también es necesario abordar la inclusividad”, aclara Odekunle. “¿Están los departamentos creando ambientes que hagan que las personas negras se sientan bienvenidas y seguras? ¿Tienen políticas de cero tolerancia contra el racismo? ¿Cómo manejan las microagresiones?”, son algunas de las cuestiones que la científica cree que hay que considerar para hacer de la academia un lugar mejor.

Las universidades y centros de educación superior británicos contaban en 2012 con 4.170 físicos, desde profesores a investigadores, según datos de 2012. De estos, el 0,1 por ciento era negro. En otras palabras, cuatro. Pero el problema no es siempre fomentar las vocaciones sino, como sucede con la brecha de género, evitar las «fugas» en la tubería (del inglés, leaky pipeline), por la que se escapa el talento.

Por ejemplo, un informe de 2008 sobre los motivos que llevan a los estudiantes a escoger Química o Física reveló que “algunos” entrevistados negros eran desanimados por sus propias familias, que les decían que deberían trabajar “el doble” para “superar las desventajas”. Otro documento de 2006 analizó la tubería en estas disciplinas y mostró que, de 10.000 estudiantes afrodescendientes, solo uno llega a estudiar un doctorado en Física y sólo tres de Química, entre ocho y cinco veces menos que sus compañeros blancos, respectivamente.

Las cifras británicas no son mejores si las analizamos a escala global. De casi 20.000 becas de doctorado otorgadas entre 2016 y 2019, sólo 30 fueron a parar a estudiantes de origen afrocaribeño. Esto explica que haya más de 17.000 catedráticos blancos en el país, frente a 120 negros. También se observa una brecha salarial: los académicos negros cobran un 14 por ciento menos que sus colegas blancos, según datos del sindicato de educación UCU.

“Los estudiantes negros están razonablemente bien representados en muchos campos STEM, sobre todo en la licenciatura, pero la retención es más importante que el reclutamiento”, asegura Odekunle. “Conforme asciendes en la jerarquía hay una disminución chocante de profesionales negros, sobre todo en la facultad”. La neurobióloga señala dónde cree que reside el problema: “Atraer y reclutar no es suficiente si el ambiente en el que entran termina por sacarlos de ahí”.

El divulgador, astrofísico y director del Planetario Hayden de Nueva York (EE UU), Neil deGrasse Tyson señalaba el peligro de la desmotivación en un reciente texto, publicado a raíz de la muerte de George Floyd. “Soy quien soy precisamente porque incontables personas, con sus acciones e inacciones, dijeron que nunca sería aquello en lo que me convertí. ¿Pero qué pasa si no tienes este suministro de combustible?”. En el mismo artículo, compartía las “docenas” de veces en las que había sido parado por la Policía.

En Estados Unidos, “las mujeres negras representan el 2,9 por ciento de las graduadas en STEM, y en el caso de las doctoras los números son todavía más bajos”. ¿Por qué hay tan pocas como Grayson en la academia estadounidense? “Porque no nos vemos representadas”, dice la investigadora. “Conforme subimos en la jerarquía nos vemos menos en posiciones elevadas”.

La pandemia de coronavirus también ha afectado a las dinámicas del mundo académico. Es por eso que un grupo de investigadores defendían en «Nature» hace unos días que la comunidad científica, en especial sus líderes, deben proteger las “décadas de esfuerzo” realizadas durante décadas en materia de inclusividad en estos tiempos difíciles. “Las restricciones generadas por la pandemia para acceder a laboratorios e instalaciones tienen un efecto desigual en la comunidad científica según la situación socioeconómica de cada persona”, asegura la investigadora de la Universidad de Gotinga (Alemania) Carolina Ocampo Ariza. Por ejemplo, “muchos miembros de minorías dependen de apoyos financieros a corto plazo como becas y se enfrentan a una mayor presión en estos momentos”.

Los roles que adoptan las comunidades poco representadas también juegan en su contra. “Mujeres, LGTB y minorías étnicas están más vinculadas a trabajos relacionados con diversidad, equidad, mantenimiento de relaciones sociales y reclutamiento. Todas estas tareas, que no suelen incluirse al evaluar la carrera del investigador, son más difíciles durante una pandemia”, dice Ocampo. Por eso, considera que esta “carga adicional” tiene un “claro impacto” en la calidad y cantidad de la investigación de estas personas.

El éxito académico hoy en día está unido al número de publicaciones, un fenómeno resumido con la máxima de “publica o perece” (publish or perish). Odekunle defiende que hay que promover el trabajo publicado por investigadores negros. “Depende de los editores incrementar la visibilidad de sus trabajos, pero también de los investigadores asegurarse de que se cita el trabajo de estas personas cuando sea apropiado”. Por eso también considera que los premios deben hacer un “esfuerzo” por nominar a científicos de color “que lo merezcan, como una forma de reconocer sus logros”.

Ocampo considera que la pelota está en el tejado de quienes más poder tienen en el mundo científico. “Gran parte del trabajo que realizan los investigadores para procurar la equidad no está remunerado y los líderes deben asegurar un pago y reconocimiento justo por ello”. En ese sentido, señala que la presencia de asociaciones internas que evalúen la inclusión y la diversidad, así como la composición equilibrada de comités de selección y juntas directivas, es una buena forma de asegurar que “múltiples voces y sectores sean tenidos en cuenta”.

Grayson aboga por atajar “problemas sistémicos más amplios”, que van desde la brecha de género a las expectativas familiares. “Necesitamos iniciativas para reclutar, y para eso la propia academia debe empujar en este camino”. Por eso cree que, aunque iniciativas como #ShutDownSTEM son positivas, son solo el primer paso para lograr cambios reales. “Lo siguiente es cambiar las viejas políticas y crear otras más inclusivas que generen ambientes seguros en los que nos sintamos bienvenidos, así como cuestionar el racismo estructural de estas instituciones”.

Saini añade que el cambio también debe ser de mentalidad. “En Reino Unido tenemos leyes contra la discriminación, pero si la gente tiene ciertas creencias, es un problema”. Cambiar prejuicios, asegura, es muy difícil y requerirá de muchas generaciones. “Los investigadores deberían estar allanando el camino porque la ciencia tiene mucho que ofrecer para reforzar la idea de una humanidad universal”.

La periodista considera que los científicos están llevando a cabo importantes iniciativas para combatir públicamente el racismo, pero lamenta que todavía bastantes miembros del mundo académico no reconozcan el papel que debe desempeñar la ciencia para mejorar la sociedad en este sentido. “Las universidades no lo han hecho bien a la hora de reconocer que mujeres y minorías sufren acoso y discriminación. Todavía queda mucho camino, y eso incluye hacer responsables a figuras destacadas que reciben mucha financiación”.

Al final, según Saini, este largo proceso implica algo de “incomodidad y dolor” a nivel personal. “Nadie quiere pensar que es racista o sexista, pero es algo que está en la sociedad y todos lo somos en cierto modo, porque hemos vivido rodeados de ello. Tenemos que entenderlo. No lo digo de una forma condenatoria, sino que ahí es donde tienes que empezar, y no apuntando con el dedo a otros mientras ignoras tus propios prejuicios. Tienes que empezar contigo mismo”.

Sergio Ferrer
(SINC)

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