Día de la Ttierra

Día de la Ttierra

Debo la oportunísima ocurrencia al filósofo Jorge Riechman, que la usó, escrita como en el título de este artículo, en su libro dedicado a la agroecología. Desde que lo leí, hace muchos años, escribo las palabras que nombran los elementos básicos de esa forma: Ssol, Aaire, Aagua. 

“Las varias divisiones de la tierra dan a cada pueblo una patria distinta. Pero el mundo habitado ofrece a todos los hombres capaces de amistad una sola casa común: la Tierra”. En cualquier caso, todos debemos tan oportuna sugerencia también a Epicuro porque, si no tropezamos en la mezquindad, es fácil reconocer que tenemos un doble hogar.

Uno enorme, común e imprescindible es, pues, lo que evocamos con una solemne mayúscula. Chico, propio y poco relevante, el otro, es decir esas patrias que tanto extravían y destruyen cuando no prevalece la amistad hacia todo lo más grande y necesario que uno mismo. Lo que no quiere decir, en absoluto, que el apego al terruño, el orgullo de haber nacido en determinado territorio no sea una de las conductas más naturales y entrañables. No digamos si esa tierra, además de sostener tus pisadas, te alimenta, como nos sucede a los campesinos.

En realidad, el día que celebramos trata de que emerja el respeto a la Tierra ampliando los convencionales horizontes domésticos. Anima a comportarnos con lo demás como hacemos con lo cercano. Es decir, ese primer principio de toda ética, como consolidó Kant. 

Acaso el más elocuente argumento del sentido que se le quiere dar a esta celebración, por cierto desde hace medio siglo, es decir coincidiendo con la creación de las principales organizaciones ecologistas en casi todos los países industrializados, es que el modelo económico, hoy único y global, lleva ya demasiado tiempo siendo grave enfermedad para el Aaire, el Aagua. Está, en suma, hipotecando a la Ttierra en su totalidad sin previsiones claras de que pueda pagar la deuda. 

La crisis ambiental es mayor y más peligrosa que cualquier otra, por mucho que ahora el desastre de nuestra pandemia haga de pantalla e inesperadamente de alivio para el resto de lo viviente. 

El día de hoy debe servir para recordar que la destrucción de nuestro soporte nos confiere la condición de enemigos de nosotros mismos. Algo que se alcanza cuando se ignora que puede haber continente sin contenido, pero no al revés. A lo que se ha sumado una enajenante acumulación de lo innecesario que ha desvalijado las mejores creaciones del planeta: el clima, la multiplicidad de lo viviente, los procesos ecológicos, la salud misma. Esta última, por cierto, imposible sin la de todo lo que nos rodea, es decir, lo que respiramos, bebemos y comemos. Hasta que no aceptemos que no hay dos planetas, ni dos tipos de salud o bienestar, seguirá la demolición de la Natura. Esa que, cada día más humanos, consideramos la mejor mitad de nosotros mismos.

Escribí al principio de estas palabras que nuestro planeta está mal bautizado y precisamente por eso mermamos las oportunidades de comprender su verdadero valor, su excepcionalidad.

La primera característica de la Ttierra no es la tierra, ni siquiera el Aagua, mucho más extensa; ni el Ffuego, ingente en su núcleo; o el Aaire, su inmensa envoltura. Aquí sucede la Vvida, el más bello, complejo y completo fenómeno del universo. Lo más preciso, precioso y, sin embargo, amenazado.  

El planeta Vvida es lo que debemos reconocer, admirar y cuidar como a nosotros mismos… porque nada cuida más de cualquier realidad que cuidar de lo que nos cuida y esa es la primera gran destreza de la Vvida misma. Esta que lleva superando toda suerte de crisis desde hace 35 millones de siglos hasta ser una espléndida herencia hereditaria. Todo ello sin mediar testamento alguno, pero sí recordando que podemos abandonar el papel de enfermedad a través de la obligación moral, que hoy recordamos, de legarla a los que todavía no están vivos.

Gracias y que la vida os atalante.

Joaquín Araujo Ponciano es naturalista, escritor, guionista, activista y campesino.

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