¿Qué se siente al ser pájaro? Los sentidos de las aves, al descubierto

¿Qué se siente al ser pájaro? Los sentidos de las aves, al descubierto

Pese a que el filósofo Thomas Nagel asegura que nunca podremos saber qué sienten las criaturas ajenas a nuestra especie, a los humanos siempre nos han intrigado sus vivencias. Por eso el romano Apuleyo se puso en la piel de un asno, el poeta Henri Michaux imaginó su vida como oruga, y el antropólogo Carlos Castaneda se convirtió en cuervo bajo el efecto del peyote.

Ahora los literatos le han pasado el testigo a la ciencia: «Los sentidos de las aves», obra del ecólogo del comportamiento Tim Birkhead, explica qué se siente al ser pájaro a la luz del conocimiento disponible.

Valiéndose de hallazgos científicos, aportaciones de aficionados y observaciones en el terreno (en especial las referidas al arao común, su objeto de estudio), el investigador de la Universidad de Sheffield (Reino Unido) entreteje un repaso de la cuestión que a la vez sirve de original introducción a la ornitología.

Un atractivo de su ensayo radica en los curiosísimos experimentos pergeñados por los estudiosos, que van de taponar los oídos de pájaros para valorar su función en el vuelo, a colocar a los petirrojos lentes de contacto empañadas para medir su orientación visual, o estimular manualmente el “falso pene” de un pájaro africano de cara a dilucidar su potencial orgásmico.

Su resumen comienza con la vista, el sentido más estudiado. Comparados con los mamíferos, los ojos de los pájaros son mucho más grandes en relación a su cráneo. Tiene lógica: les va la vida en ello. La lechuza depende de su visión nocturna para volar. La bifocalidad de las gallinas les permite enfocar los insectos del suelo y otear el cielo en busca de depredadores. Los araos, por su parte, distinguen a su pareja volando a cientos de metros. Hay pájaros que duermen con un ojo mientras el otro vela atento al peligro. Y gran número de especies ven el mundo en el espectro del ultravioleta.

Puede decirse sin exagerar que las aves son todo oídos. La disposición asimétrica de los oídos de los buhos aumenta su radio de escucha al extremo de detectar el movimiento de un ratón bajo la nieve. La fina audición de los araos identifica el piar de sus crías en medio de una colonia de miles de locuaces congéneres. Otras especies mueven de continuo la cabeza con la finalidad de captar más sonidos. Gracias a la ecolocalización, muchas aves conocen su posición en total oscuridad o pueden volar con los ojos cerrados.

En cuanto al canto, los sonogramas han descubierto que se compone de más notas de las que podemos discernir, lo cual sugiere que un trino que nos parece musical suena completamente distinto a un pájaro. Tan valioso es este sentido que la naturaleza ha protegido a los pájaros de la sordera mediante el don de regeneración de la cóclea, la estructura del oído interno que transforma los sonidos en impulsos nerviosos.

El capítulo relativo al tacto se explaya largamente sobre el pico. Gracias a la ingente cantidad de nervios y sensores escondidos bajo la dura superficie de ese sofisticado órgano, un pato discrimina en el lecho de un estanque lo que es comestible del resto.

Una intrincada cuestión se plantea al final del apartado: ¿disfrutan las aves del sexo? De momento, la única evidencia de un orgasmo la aportó el bufalero piquirrojo, “un hallazgo histórico”, se entusiasma Birkhead.

Que el gusto aviar sea harto más limitado que el humano no le impide reconocer los mismos sabores básicos: salado, dulce, amargo o agrio. De ahí que frugívoros como el colibrí diferencien las frutas maduras de las verdes o evalúan el nivel de azúcar en el néctar, y que el arrendajo se niega a comer mariposas que le saben amargas. Y de ahí también que el sabor desagradable de su plumaje proteja a ciertos pájaros de Nueva Guinea de ser comidos por las rapaces.

Sorprende leer que recién en los años 60 los expertos aceptaron que las aves tienen olfato. Para prueba, los kiwis, cuyos sensibles picos son capaces de husmear las lombrices enterradas en el barro. Más reciente es el descubrimiento de cómo su olfato se combina con su sentido magnético. Así, el petrel guiado por una brújula orgánica cruza en su viaje paisajes olorosos que permiten a los magnetorreceptores de su órgano olfativo trazar un mapa de navegación.

El último capítulo, más especulativo, se reserva a las emociones. ¿Puede tomarse por duelo amoroso que una barnacla carinegra permanezca una semana de pie junto a su compañero muerto? ¿Y cómo calificar las ceremonias de bienvenida en los reencuentros de parejas de alcatraces?

El autor cree en la existencia de esos sentimientos, aunque admite su incomparabilidad con los nuestros, lo cual complica el diseño de pruebas confirmatorias. Y lo ejemplifica con las acrobacias aéreas de los vencejos: quizás no tengan más motivo que el placer de volar, pero ¿cómo probarlo?

Birkhead reconoce que Nagel lleva razón cuando sostiene que nunca podremos empatizar realmente con un picaflor, un flamenco o un pingüino. Nunca sabremos, en definitiva, qué es ser un pájaro, pero esa admisión no nos impide fascinarnos con las diferencias ni entender mejor nuestra anatomía y fisiología en contraste con las peculiaridades sensoriales de nuestros plumíferos amigos.

Con todas las limitaciones, el ecólogo concluye que disponemos de “una buena comprensión básica de algunos sentidos de los pájaros”. Una comprensión suficiente para que no volvamos a ver al gorrión que aterriza en nuestro balcón con los mismos ojos que antes de la lectura de este enriquecedor volumen.

Pablo Francescutti
(SINC)

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